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Advieto (3) 2011
La Epifania se acomodó las ropas.
Todos los años volvía a hacer lo mismo.
Le había prometido a Dios hecho Hombre darlo a conocer.
Ella no sabía hablar mucho y apenas si leía.
Era pobre, pero honrada.
Nadie murmuraba de ella en la comunidad.
Un marido y unos hijos, quiero vale cuatro.
Y, desde hacía muchos años, repetía sus andanzas.
Preparaba así su Navidad y la de su familia.
Se dedicaba a visitar a los enfermos del barrio donde vivía.
Juntaba revistas y diarios entre los vecinos y conocidos.
Juntaba también juguetes y golosinas para los más pequeños.
Y llevaba, sobre todo, una gran paz en el alma.
Una paz contagiosa y serena.
Una paz que devolvía las ganas de vivir y de sanar.
Una visita no muy larga, pero por demás efectiva.
Volvía a la casa cansada, pero feliz.
Comentaba esta tarea a los suyos.
Todos debían dar a entender que el amor de Jesús era posible.
Y era posible en esos pequeños gestos cotidianos.
Como aquel Niño nacido en Belén.
Pequeñito pero eficaz en la salvación.
Los suyos reían entusiasmados.
Dijo Juan el bautista:
“El Señor viene después de mi y yo
no soy digno de desatar las correas de su sandalia”
San Juan 1,6-8. 19-28
¿Cómo puedo testimoniar el amor de Jesús a los hermanos.
Hasta la próxima.
P. Aldo Martíni
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